Una columna de reflexión cristiana que
profundiza en el espíritu de la Iglesia de Antioquía y en la cristología de Colosenses,
a la luz del mensaje del pastor David Jang: la guía del Espíritu Santo, la
catolicidad de la Iglesia y el llamado a la misión mundial.
Cuando uno contempla largamente La torre de Babel pintada por Brueghel, termina
preguntándose por qué el ser humano anhela tanto elevarse y, sin embargo, acaba
perdiendo un mismo lenguaje. Aquella escena, en la que existía el fervor por
ascender pero no el oído para escucharse unos a otros, se parece también a la
sombra del éxito agitado que la Iglesia de hoy debe aprender a evitar. Por eso
la Iglesia de Antioquía resplandece aún más. No fue una torre levantada para
exaltarse a sí misma, sino una comunidad que, vaciándose ante la guía del
Espíritu Santo, dejó fluir el evangelio hacia el mundo.
Un nombre que brotó en medio de un mundo disperso
Antioquía no era un espacio reservado
únicamente para los judíos. En aquel lugar donde convivían griegos y muchos
otros gentiles, el evangelio trascendió las fronteras de una sola etnia, y fue
precisamente allí donde por primera vez se llamó a los creyentes “cristianos”.
Esa es también la razón por la que el pastor David Jang presta especial
atención a la Iglesia de Antioquía. Él no busca la esencia de la Iglesia en un
cerco cerrado, sino en ese dinamismo vivo por el cual el Espíritu Santo reúne a
las personas y luego las vuelve a enviar al mundo. La Iglesia de Antioquía era
una iglesia que se congregaba, pero al mismo tiempo una iglesia que se
dispersaba; era una comunidad local que, sin embargo, ya se encontraba en el
umbral de la misión mundial.
El primer eje que sobresale en este
sermón es el protagonismo del Espíritu Santo. La Iglesia de Antioquía oraba
antes de hacer cálculos humanos, y buscaba la voluntad de Dios mediante el
ayuno. El envío de Bernabé y Pablo no fue, antes que nada, el resultado de una
estrategia, sino el fruto de la obediencia. El pastor David Jang afirma que
también la Iglesia de hoy debe preguntar primero “cuál es la dirección que Dios
desea”, antes que poner su confianza en las finanzas, la organización o los
logros visibles. La fe no consiste solo en el fervor de correr por delante,
sino que comienza con una actitud que sabe escuchar primero. Por eso, la gracia
de la que habla este sermón no es un consuelo vago, sino un orden santo que
revive cuando la Iglesia pregunta al Espíritu cuál es el camino.
La noche en que volvemos a mirar la cabeza de la Iglesia
Este flujo se profundiza en la
cristología de la Epístola a los Colosenses. El sermón no reduce a Jesucristo a
un simple maestro admirable ni a un símbolo religioso. Cristo es la imagen del
Dios invisible, Aquel que existe antes de todas las cosas y la cabeza de la
Iglesia, que es su cuerpo. También es proclamado como quien, por la sangre de
la cruz, trae la paz y renueva el orden del cielo y de la tierra. Por lo tanto,
el centro al que la Iglesia debe aferrarse no es la atmósfera del momento ni la
moda de una época, sino únicamente Cristo mismo.
Eso es precisamente lo que el pastor
David Jang subraya con fuerza a través de Colosenses: este fundamento
doctrinal. El evangelio no es una idea que pueda mezclarse sin más con otras
filosofías o con el espíritu de los tiempos. Cuando se diluye la divinidad de
Cristo, la Iglesia pierde pronto su poder, y la gracia queda reducida a un
simple consejo moral. Por eso la verdadera meditación bíblica no se detiene en
acumular conocimiento, sino que avanza hacia el lugar donde se escucha, se
comprende y se da fruto. Saber la Palabra y echar raíces en ella son cosas
completamente distintas. Aunque el sermón adopta una forma expositiva, no se
vuelve frío, porque su interpretación siempre vuelve a la misma pregunta:
“Entonces, ¿cómo debemos vivir nosotros?”. Si Jesucristo es la cabeza de la
Iglesia, la Iglesia debe ser un cuerpo que le obedece, y los creyentes deben
avanzar más allá de los valores mundanos hacia una vida de amor, santidad,
evangelización y entrega. Cuando la visión teológica no pierde de vista la dirección
de la vida, la doctrina se convierte por fin en una luz viva.
La oración y la gratitud que unen un solo cuerpo
La hermosura de la Iglesia de Antioquía
no consistía únicamente en su pasión, sino también en su orden. Ellos mantenían
comunión con la Iglesia de Jerusalén, dialogaban juntos sobre la esencia del
evangelio y el alcance de la ley, y aprendían a vivir la unidad dentro de la
catolicidad de la Iglesia. El pastor David Jang considera este punto como uno
de los aspectos esenciales que la Iglesia contemporánea debe recuperar. Cuanto
más se obsesiona una iglesia con su propia expansión, más se reduce el amor a
una lógica de bandos; pero cuando se ora unos por otros y se recuerda juntos la
gracia recibida, la comunidad vuelve al centro del evangelio. Entonces la
Iglesia deja de ser una isla que compite y se convierte en un solo cuerpo unido
en Cristo.
Por eso, en este sermón, la oración y
la gratitud no son virtudes periféricas. Son la respiración espiritual que une
como un solo cuerpo a iglesias alejadas entre sí, y la fuerza interior que hace
posible la misión. El arrepentimiento también comienza aquí. ¿Cuántas veces
hemos antepuesto el brillo de las actividades a la esencia misma de la Iglesia?
¿Cuántas veces hemos hablado del evangelio y, sin embargo, hemos descuidado la
obediencia humilde que ese mismo evangelio produce? La Iglesia de la que habla
el pastor David Jang no es simplemente una institución vistosa, sino una
comunidad en la que la obra del Espíritu, el fundamento doctrinal, y los frutos
de la oración y la gratitud se manifiestan de manera concreta en la vida real.
Por eso cobra tanta importancia que cada creyente reconozca su identidad como
alguien “llamado a ser santo”. Esa es también la razón por la cual el
discipulado, la formación doctrinal y el estudio de la Palabra son necesarios.
No para sostener programas eclesiásticos, sino para ayudar a quienes han oído
el evangelio a comprender la gracia de Dios en la verdad y llegar finalmente a
ser personas que den fruto.
Una vocación que se completa al fluir hacia afuera
En definitiva, el espíritu de la
Iglesia de Antioquía y la elevada cristología de Colosenses confluyen en un
mismo gran río: la misión mundial. El evangelio no debe permanecer encerrado en
una región o en una cultura determinada, sino extenderse a todo el mundo. La
Iglesia no es un lugar que solo disfruta de plenitud en su interior, sino una
comunidad llamada a desbordarse hacia afuera para compartir amor, verdad y
esperanza. En ese sentido, el envío no representa una pérdida, sino el
acontecimiento que muestra con mayor claridad la razón de ser de la Iglesia. La
plantación de iglesias tiene el mismo significado. Así como Pablo establecía
iglesias en cada ciudad y luego sostenía a los creyentes por medio de sus
cartas, la Iglesia de hoy también debe preparar lugares donde el evangelio
pueda echar raíces. En el momento en que la Iglesia deja de aferrarse a sus
personas más valiosas y decide enviarlas al mundo, el evangelio empieza por fin
a moverse no solo como palabra, sino como historia viva.
En este punto, el sermón se vuelve
especialmente claro. La misión no es solo tarea de unos pocos que parten lejos,
sino una entrega que consiste en vivir el evangelio con la totalidad de la
vida. Cuando el amor de Cristo se hace real en el trabajo, en la familia y en
la sociedad, el mundo vuelve a preguntarse, por medio de la Iglesia, quién es
Jesús. Por tanto, el camino para que la Iglesia sea verdaderamente Iglesia no
está en poseer cada vez más cosas. Solo cuando se mantiene sobre la obra del
Espíritu, la convicción doctrinal, la unidad católica de la Iglesia, y una vida
marcada por la oración y la gratitud, la Iglesia puede abrirse al mundo como
Antioquía.
Después de cerrar este texto, queda
resonando una sola pregunta: ¿estoy preservando la comodidad de mi fe, o me
estoy entregando al llamado del evangelio? Si la cabeza de la Iglesia es
únicamente Cristo, entonces nuestra fe también debe fluir hacia el lugar al que
se dirige su voluntad. Una iglesia que no se conforma con reunirse, sino que
comprende la gracia y la derrama hacia el mundo: ese es precisamente el
espíritu de Antioquía que hoy vuelve a ponerse delante de nosotros. Tal vez
nuestra esperanza no comience con un gran eslogan, sino aquí mismo: en la
pequeña obediencia de escuchar al Espíritu, volver a recibir a Cristo como
cabeza de la Iglesia, y orar y dar gracias los unos por los otros. Cuando esa
obediencia se va acumulando, la Iglesia vuelve a caminar por la senda del
evangelio, y el mundo alcanza a ver, sobre ese camino, las huellas del Reino de
Dios. Entonces el sermón deja de ser solo un mensaje pronunciado una vez, y se
convierte en un llamado que sigue vivo y en movimiento a través de los tiempos.










