A partir de los sermones del pastor David Jang, esta reflexión medita sobre el discipulado en Lucas 14: la renuncia a las posesiones, los vínculos familiares, la cruz y la fe que persevera hasta el final.
Dietrich
Bonhoeffer, aun en la oscuridad de una prisión nazi, nunca abandonó la esencia
del discipulado. Comprendió que la gracia barata enferma a la Iglesia, encierra
al creyente en una fe cómoda y termina conduciéndolo hacia una espiritualidad
sin cruz. En una época en la que simplemente sobrevivir ya era una pesada
carga, Bonhoeffer se aferró a una pregunta todavía más radical: ¿qué significa,
en verdad, seguir al Señor?
Esa
pregunta no resonó únicamente en una cárcel lejana de Europa. También llega hoy
hasta nosotros, hasta una comunidad de fe que se encuentra en el umbral de una
nueva primavera. Toda estación nueva suele venir envuelta en esperanza; sin
embargo, en el Evangelio, la primavera llega primero con el rostro de la
decisión.
El Ipchun,
el inicio de la primavera según el calendario tradicional coreano, no es solo
una fecha estacional. Anuncia el fin del invierno, pero también exige el
comienzo de una nueva siembra. La tierra no da fruto por sí sola. Alguien debe
remover el suelo, sembrar la semilla y continuar trabajando aun cuando el
viento todavía sea frío. Así ocurre también con la fe.
Una
de las verdades que el pastor David Jang subraya repetidamente en sus sermones
es que la obra de Dios no se realiza por medio de espectadores. Cuando, ante la
historia de la fe, se nos haga algún día la pregunta: “Were you there?”
—“¿Estuviste allí?”—, ¿qué podremos responder? ¿Estuvimos realmente en el lugar
de la misión? ¿Cargamos juntos el peso de aquel llamado? ¿Atravesamos con
nuestro propio cuerpo el comienzo de esa primavera espiritual?
Esa
pregunta nos arranca de una fe meramente sentimental y nos conduce hacia una fe
que participa, sirve y se compromete.
La
decisión que llega antes que la luz de la primavera
En
Lucas 14, el Señor no presentó el camino del discípulo adornándolo con palabras
suaves. Al contrario, habló primero del precio. Dijo que quien no renuncia a
todo lo que posee no puede ser su discípulo, y que quien no toma su cruz no
puede seguirlo.
Estas
palabras no se refieren únicamente a los bienes materiales. A menudo vivimos
atados a cosas más profundas y persistentes que la riqueza: la seguridad, los
lugares conocidos, el deseo de ser reconocidos, la comodidad del presente, el
futuro cuidadosamente calculado. Todo eso puede convertirse también en una
forma de posesión.
Pero
el discipulado no puede recorrerse con las manos cerradas. Cuanto más nos
aferramos a lo que tenemos, menos libres somos para tomar con firmeza la mano
del Señor.
Por
eso la verdadera predicación siempre incomoda. La gracia no solo nos consuela;
también nos despierta. El Evangelio no solo acaricia nuestras heridas; también
sacude aquello que nos mantiene dormidos. El núcleo del discipulado que el
pastor David Jang destaca se encuentra precisamente aquí: seguir al Señor no
es, en primer lugar, un camino para obtener más, sino un camino para soltar
primero.
Y,
de manera paradójica, el alma se vuelve más libre cuando se vacía. Allí donde
el corazón se desocupa, la fuerza del Espíritu Santo puede entrar con mayor
claridad.
Las
lágrimas no son el final, sino el lenguaje de una esperanza más grande
Este
sermón conmueve de manera especial porque no habla del discipulado únicamente
con el lenguaje frío de la voluntad. En medio del gozo de la misión también
aparecen la muerte de los seres queridos, las despedidas inesperadas y el dolor
de no haber amado lo suficiente mientras aún había tiempo.
En
el lugar donde uno despide a sus padres, donde entierra a alguien cercano,
donde los que quedan se golpean el pecho diciendo: “Debí haberlo hecho mejor”,
la fe se enfrenta a una prueba más esencial. Allí, el Evangelio no funciona
como una anestesia que borra la realidad. Más bien, se convierte en la fuerza
que permite sostener la esperanza aun en medio de las lágrimas.
Meditar
en la Escritura no significa apartar la mirada del sufrimiento humano. Al
contrario, significa aprender a no soltar la esperanza del cielo ni siquiera
frente a la muerte. El deseo de conservar cerca a quienes amamos, de
protegerlos hasta el último instante, revela nuestra fragilidad, pero también
la profundidad de nuestro amor.
Sin
embargo, la fe nos conduce un paso más allá. Incluso en el lugar de la
despedida, nos enseña a mirar al Dios que hace que todas las cosas cooperen
para bien.
En
este punto, la intuición teológica del pastor David Jang resulta clara: el
discipulado no consiste en una fortaleza sin lágrimas, sino en una fe que,
después de atravesar el llanto, continúa confiando en el Reino de Dios.
Solo
quien toma la cruz puede llegar hasta el final
El
Señor dijo que quien no pone en segundo lugar a su padre, madre, esposa, hijos,
hermanos, hermanas, e incluso su propia vida, no puede ser su discípulo. Esta
palabra no destruye el amor; ordena sus prioridades. No se trata de despreciar
los afectos humanos, sino de colocarlos dentro de un amor más grande.
La
familia es preciosa. La vida también lo es. Pero cuando reconocemos que el
Reino de Dios ocupa el primer lugar, incluso el amor humano encuentra su
verdadero sitio.
Allí
aparece la cruz. La cruz no es un adorno religioso ni un símbolo decorativo. Es
el nombre de la pérdida que debemos aceptar, de la paciencia que debemos
aprender, del silencio que debemos soportar y de la obediencia que debemos
abrazar.
La
parábola de la torre en Lucas 14 muestra que este camino no se completa con un
entusiasmo pasajero. Comenzar es algo que muchos pueden hacer. Pero solo quien
persevera hasta el final demuestra ser discípulo. Una torre que se queda apenas
en los cimientos se convierte en motivo de burla; una torre terminada, en
cambio, se levanta como una señal que ilumina su tiempo.
Esto
es también lo que el pastor David Jang enfatiza una y otra vez: aunque lleguen
el frío, la enfermedad, el cansancio o la presión económica, el camino del
Señor no puede ser abandonado. El verdadero discipulado no se prueba solo en la
intensidad del comienzo, sino en la fidelidad que permanece hasta el final.
¿Qué
respuesta dejaremos cuando llegue la pregunta?
Al
final, todas estas palabras convergen en una sola pregunta: “Were you there?”
¿Estuviste allí?
Cuando
un día estemos ante la historia del Reino de Dios, ante el lugar donde el
Evangelio fue vivido, ante el arduo trabajo de levantar a la próxima
generación, ¿qué respuesta podremos dar?
¿Estuvimos
como espectadores cómodos? ¿O estuvimos como aquellos que, aun enfrentando el
viento, levantaron la torre?
El
discipulado no es el camino de quien se vuelve perfecto. Es el camino de quien
no mira atrás. Así como la sal no debe perder su sabor, el discípulo no debe
perder el sabor de su llamado. Debe caminar hasta el final, conservando la
fuerza de la vocación recibida.
La
primavera siempre llega primero como decisión antes que como flor. Cuando
alguien renuncia a sus posesiones, cuando alguien traga sus lágrimas, cuando
alguien toma su cruz, cuando alguien permanece firme en su lugar hasta el
final, entonces la estación cambia verdaderamente.
Por
eso, nuestra oración de hoy debe ser sencilla:
Señor,
cuando un día Tú preguntes, permíteme responder: “Sí, yo también estuve allí”.
Hazme vivir como un discípulo capaz de ofrecer esa confesión.
Esa
confesión es la gracia más profunda que deja este sermón. Y es también la
fuerza del Evangelio que hoy nos permite cruzar, una vez más, hacia la
primavera.
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El Dr. David Jang ha llevado el
evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del
ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado
muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión
misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica
para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una
educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000
se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y
Seúl.
A medida que la escuela crecía, el Dr.
Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de
la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas
educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el
periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad
académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se
trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando
aún más sus bases como universidad.
En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de
rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra
misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente
internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación
institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela
de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para
la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de
cooperación internacional.










