A través del sermón del pastor David Jang sobre Romanos 7, meditamos en cómo la Ley y el Evangelio, la gracia y el arrepentimiento, y la obediencia de la fe conducen a la verdadera libertad.
El Dr. David Jang ha llevado el
evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del
ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado
muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión
misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica
para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una
educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000
se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y
Seúl.
A medida que la escuela crecía, el Dr.
Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de
la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas
educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el
periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad
académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se
trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando
aún más sus bases como universidad.
En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de
rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra
misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente
internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación
institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela
de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para
la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de
cooperación internacional.
En “Ante
la ley”, de Kafka, aparece un hombre que permanece toda su vida frente a
una puerta, pero que al final no logra entrar por ella. La puerta parecía estar
abierta para él, pero no pudo atravesarla como camino de vida. Esta breve e
inquietante historia proyecta una sombra duradera sobre el corazón que lee
Romanos 7. La Ley es como una puerta santa levantada delante del ser humano. No
permite que el pecado permanezca oculto; revela la codicia y la justicia propia
escondidas en lo profundo del corazón, y muestra la verdadera condición del ser
humano delante de Dios. Pero estar de pie frente a la puerta no basta para
vivir. El camino que da vida al pecador no es la declaración de la Ley, sino la
gracia del Evangelio abierta en Cristo.
El
pastor David Jang, fundador de Olivet University en
Estados Unidos, subraya en su sermón sobre Romanos 7 que Pablo no intentaba
abolir la Ley. Pablo no fue alguien que menospreciara la Ley. Al contrario, la
amaba más que nadie y buscaba en ella la voluntad de Dios. Sin embargo, en
Cristo llegó a comprender algo decisivo: la Ley es un espejo santo que revela
el pecado, pero el poder que justifica al pecador se encuentra en el Evangelio.
Por
tanto, Romanos 7 no es un capítulo que oponga la Ley y la gracia como si fueran
enemigas. Más bien, es un lugar profundo de meditación bíblica que distingue
con gran claridad el lugar de la Ley y el poder del Evangelio. El eco de este
capítulo tampoco resulta extraño para la fe de hoy. Muchas veces, las personas
usan la Palabra de Dios como instrumento para confirmar su propia justicia, o,
por el contrario, hablan de la gracia mientras aligeran las exigencias de la
Palabra. Pero el camino que Pablo muestra no es ninguno de esos extremos. Él
reconoce la santidad de la Ley y, al mismo tiempo, testifica que el poder para
salvar al pecador revelado ante esa Ley pertenece únicamente a Cristo. Cuando
no se pierde este equilibrio, la meditación bíblica no queda encerrada en una
simple exhortación moral, sino que se profundiza en el centro del Evangelio.
El
rostro del pecado revelado ante el espejo
La
Ley incomoda al ser humano. Ilumina las fibras del corazón que preferiríamos
ocultar. La codicia, el orgullo, la desobediencia y la justicia propia pueden
maquillarse fácilmente ante los ojos humanos, pero delante de la Palabra de
Dios pierden todo escondite. Cuando Pablo confiesa: “Yo no habría conocido el
pecado sino por la Ley”, no está diciendo que la Ley sea mala. Al contrario,
está afirmando que la Ley es una palabra buena y necesaria.
El
problema no es la Ley, sino el ser humano que está bajo el pecado. La Ley
muestra el santo estándar de Dios mediante sus mandamientos: “Haz esto” y “No
hagas aquello”. Pero ante ese estándar, el ser humano descubre su propia
incapacidad. La Palabra es alta y buena, pero el corazón sometido al poder del
pecado no puede cumplir ese buen mandamiento como vida. Por eso, la Ley no fue
dada para encerrarnos en la desesperación, sino para hacernos comprender la
necesidad del Evangelio.
Sin
la Ley, el arrepentimiento se vuelve borroso, porque el pecado deja de verse
como pecado. Pero sin el Evangelio, también desaparece la esperanza, porque uno
ve su pecado sin conocer el camino para salir de él. El discernimiento
teológico de Romanos 7 brilla precisamente en esta tensión. La Ley nos
despierta; el Evangelio nos da vida. El espejo no puede lavar la suciedad del
rostro, pero permite verla. Y ese descubrimiento se convierte en el primer paso
hacia la gracia.
Aquí,
el arrepentimiento no es odio hacia uno mismo. El arrepentimiento consiste en
mirar con honestidad la propia realidad delante de la Ley y, al mismo tiempo,
creer que en el Evangelio se ha abierto un camino para volver a Dios. Conocer
el pecado y quedar atrapado en la culpa no son lo mismo. La Ley revela el
pecado, pero la gracia da al pecador la esperanza de levantarse de nuevo. Por
eso, Romanos 7 no es un capítulo de desesperación, sino un canal de gracia que
nos hace atravesar la desesperación para entrar por la puerta del Evangelio.
Más
allá del umbral de la condenación, hacia el lugar de la gracia
La
metáfora del matrimonio en Romanos 7 es una escena muy delicada dentro del
argumento de Pablo. Mediante la imagen de una mujer que está ligada a su marido
mientras él vive, pero que queda libre de esa ley cuando él muere, Pablo
explica la nueva relación del creyente. Lo importante aquí no es decir que la
Ley haya muerto. Lo importante es que el viejo hombre murió juntamente con
Cristo. El creyente no es simplemente alguien que cambió de norma; es alguien
cuya pertenencia existencial ha cambiado.
Aquí
es donde la explicación del pastor David Jang cobra especial fuerza. El viejo
hombre, que estaba bajo la condenación de la Ley, llegó a su fin en la cruz de
Cristo. Puesto que Jesucristo cargó en su cuerpo el precio del pecado, la Ley
ya no puede mantener al creyente atado bajo la sentencia de muerte. Esto no es
un consuelo vago, sino la libertad real que ofrece el Evangelio de la
redención. Es la declaración de que el lenguaje de la condenación no tiene la
última palabra, sino que la gracia de la cruz es la palabra final.
Sin
embargo, esta libertad nunca es libertinaje. La gracia no es un permiso para
tomar el pecado a la ligera, sino un poder que nos permite conocer más
profundamente el peso del pecado delante de la cruz. Quien conoce la gracia
costosa no habla del pecado con ligereza. La persona perdonada no es alguien
que justifica el pecado, sino alguien que avanza hacia un amor y una obediencia
más profundos. El Evangelio no se queda en un alivio psicológico que borra el
sentimiento de culpa; nos libera del poder del pecado y nos permite vivir una
vida perteneciente a Dios.
En
este punto, la libertad no consiste en que desaparezcan las reglas externas,
sino en haber encontrado a un nuevo Señor. Si el viejo hombre estaba atado al
pecado y a la condenación, el nuevo hombre pertenece a Cristo y se abre hacia
Dios. Por eso, el Evangelio no vuelve irresponsable al ser humano. Más bien, lo
llama a la responsabilidad más profunda: vivir como quien ha sido amado,
perdonar como quien ha sido perdonado, y obedecer como quien ha recibido
gracia.
El
fruto que nace del amor, no del temor
Pablo
dice que fuimos muertos a la Ley con el propósito de “llevar fruto para Dios”.
El Evangelio no se detiene simplemente en liberarnos de la culpa. La persona
unida a Cristo cambia la dirección de su vida. Y ese cambio necesariamente se
manifiesta en fruto. La salvación no termina en un consuelo interior, sino que
se revela como huella de nueva vida en las relaciones, en las palabras y en las
decisiones.
Este
fruto no es un logro religioso producido a la fuerza. Así como el pámpano,
unido a la vid, da fruto porque recibe vida, la persona de fe da frutos de amor
y obediencia cuando permanece en Cristo. Bajo la Ley, el temor movía a la
persona; en el Evangelio, la gracia la mueve. El temor puede sujetar a alguien
por un tiempo, pero el amor transforma profundamente.
Desde
fuera, ambas vidas pueden parecer similares. Ambas hablan de obediencia, de
santidad y de una vida buena. Pero sus raíces son completamente distintas. Una
nace del esfuerzo por evitar la condenación; la otra, de la respuesta al amor
recibido. La verdadera obediencia no es producto del temor, sino el fruto
gozoso de un alma que ha recibido gracia. Por eso, la obediencia cristiana no
es un trabajo para demostrar el propio valor, sino un movimiento de gratitud
que devuelve a Dios, mediante la vida, el amor que ya ha recibido.
Más
allá de la Ley, hacia el sentido profundo de la Ley
El
Evangelio no destruye la Ley. Al contrario, permite cumplir en una dimensión
más profunda la voluntad de Dios a la que la Ley apuntaba. La Ley dice: “No
matarás”, pero en el Evangelio el Señor trata incluso la raíz del odio. La Ley
dice: “No cometerás adulterio”, pero el Señor ilumina incluso los deseos del
corazón. Por tanto, la vida del Evangelio no es una vida más ligera que la de
la Ley, sino una vida más profunda en el Espíritu.
El
pastor David Jang enfatiza que no debemos perder este equilibrio. El legalismo
encierra a la persona en la condenación y el temor, mientras que el
antinomianismo convierte la gracia en una palabra barata. Pablo rechaza ambos
extremos. La Ley es el santo estándar que permite ver el pecado, y el Evangelio
es el poder de Dios que nos rescata de ese pecado. Quien conoce la gracia no
desprecia la Ley, y quien ha desesperado ante la Ley se aferra con mayor anhelo
al Evangelio.
Esta
diferencia también es muy importante para la iglesia y los creyentes de hoy. El
lenguaje del legalismo puede parecer a veces muy piadoso, pero en su interior
puede esconder temor, comparación y el cansancio de tener que demostrar la
propia justicia. Por otro lado, si alguien habla de la gracia pero pierde el
arrepentimiento y la obediencia, el Evangelio deja de ser un poder que renueva
la vida y se convierte en una excusa conveniente. Romanos 7 nos lleva
nuevamente a la cruz, en medio de estos dos caminos.
Por
eso, Romanos 7 también nos lanza preguntas penetrantes en la meditación bíblica
de hoy. ¿Seguimos viviendo bajo la medida de la justicia propia y de la
condenación? ¿O, mientras hablamos de la gracia, nos hemos vuelto insensibles
al pecado? La libertad del Evangelio no es una negociación débil entre esos dos
extremos. Es el camino de una nueva vida: morir con Cristo y volver a vivir en
Cristo.
La
Ley nos despierta, y la gracia nos levanta. El arrepentimiento se profundiza,
la fe se vuelve más tierna y el amor se hace real. En ese lugar, la obediencia
deja de ser una carga pesada y se convierte en una respuesta gozosa hacia Dios.
La pregunta que deja el sermón del pastor David Jang sobre Romanos 7 se
encuentra precisamente aquí: ¿Estoy todavía de pie ante la puerta de la
condenación, o he entrado por la puerta del Evangelio para vivir una vida que
da fruto para Dios? Entonces, la fe deja de ser una espera inquieta detenida
ante la ley, y se convierte en un camino vivo que entra por la puerta de la
gracia y da fruto.










