Basado en la predicación del pastor David Jang, este texto medita profundamente sobre Moisés y los héroes de la fe en Hebreos 11, siguiendo el temor de Dios, la obediencia, el sufrimiento y la esperanza del evangelio.
La escena de Martín Lutero ante la
Dieta de Worms en 1521 ha permanecido por mucho tiempo como una imagen
imborrable de la fe. Frente a sus ojos estaba la autoridad del emperador, y
detrás de él lo esperaba un precio irreversible. Sin embargo, lo que sostuvo
hasta el final el alma de aquel hombre no fue la grandeza del mundo, sino la
conciencia de estar delante de Dios. Esta predicación, que expone Hebreos 11,
comienza precisamente en ese punto. La fe no es un optimismo vago, sino la
dirección del alma que decide a quién ha de temer más. A través de la historia
de Moisés, el pastor David Jang, fundador de Olivet University, testimonia con
fuerza que la fe verdadera comienza cuando se teme a Dios por encima de los
mandatos del mundo.
Un temor más profundo que el decreto del imperio
Cuando el autor de Hebreos habla de Moisés, lo primero que ilumina no son los
logros de un gran líder, sino la fe de los padres que lo escondieron y lo
acogieron. En un tiempo en que el decreto de muerte cubría la nación, los
padres de Moisés lo ocultaron durante tres meses, y finalmente lo colocaron en
una cesta de juncos y lo dejaron en el río. La Escritura llama fe a aquella
decisión tan desgarradora. Y lo hace porque en el centro de esa acción no había
solo el instinto de querer salvar a su hijo, sino el temor reverente que
consideraba a Dios más grande que el mandato del rey.
Esta predicación coloca esa escena
junto a la fe de las parteras hebreas, Sifrá y Puá. El imperio ordenó matar la
vida, pero aquellas frágiles mujeres desobedecieron el mandato del faraón
porque temían a Dios. Aquí la fe se vuelve una intuición teológica nítida: la
fe verdadera no es una temeridad que desprecia al mundo, sino la sabiduría que
conoce que Dios es más alto que todo. Esa sabiduría salva la vida, abre la
historia de la redención de una generación y, finalmente, levanta en la
historia a una figura como Moisés. El evangelio siempre comienza así: abriendo
camino desde una pequeña obediencia nacida del temor de Dios.
El hombre que renunció al nombre del palacio
Ante Moisés, ya adulto, se presentaban dos nombres. Uno era el de “hijo de la
hija del faraón”; el otro, el de “miembro del pueblo de Dios que sufre”.
El
primero traía tesoros, poder y comodidad; el segundo, vergüenza, dolor e
incertidumbre. Pero Moisés rechazó el nombre del palacio y eligió el camino de
estar con su pueblo. En este punto, el pastor David Jang saca a la luz la
cuestión de la identidad. La fe no es simplemente un asunto de qué se cree,
sino de no olvidar jamás a quién pertenecemos.
Por eso Moisés prefirió sufrir con el
pueblo de Dios antes que disfrutar por un tiempo los placeres del pecado.
Consideró mayores riquezas el vituperio de Cristo que todos los tesoros de
Egipto. Hebreos explica con claridad la razón: porque tenía puesta la mirada en
la recompensa. A menudo, cuando hablamos de gracia, dudamos en hablar de
recompensa; sin embargo, la Escritura no oculta que Dios recompensa a quienes
lo buscan. Amor y obediencia, arrepentimiento y esperanza, no están separados.
La fe lleva a abandonar la gloria visible para escoger una promesa más eterna.
El desierto donde se contempla al Invisible
Sin embargo, la fe de Moisés no se completó de una vez. Después de matar
impulsivamente a un egipcio, se retiró al desierto, y fue en aquellos largos
años donde llegó a convertirse en un hombre manso. La predicación no ve ese
tiempo como un vacío producto del fracaso. Más bien, lo interpreta como el
período en que Dios despoja al hombre de los hábitos del mundo y de la lógica
de la fuerza que aún permanecen en él. La fe se profundiza más en la
perseverancia paciente que contempla al Dios invisible que en una fuerza que
obtiene victorias inmediatas.
La noche de la Pascua y el momento
frente al Mar Rojo fueron precisamente cumbres de esa fe. Untar con sangre los
postes de las puertas y esperar que el juicio pasara de largo no era un cálculo
humano, sino una obediencia que confiaba en el método de Dios. En el lugar
donde delante había mar y detrás carros de guerra, Moisés vio primero la
salvación de Dios antes que el terror de la realidad. Entonces el mar se abrió
y el pueblo pasó como por tierra seca. La fe no consiste en caminar cuando el
camino ya se ve, sino en mirar el camino que Dios abrirá aun cuando todavía no
se ve. La meditación bíblica pregunta aquí directamente a nuestra vida de hoy:
en los momentos de crisis, ¿qué es lo primero que estamos mirando?
Más allá de los muros que caen, una promesa mejor
Hebreos 11 no termina con Moisés. Josué no derribó los muros de Jericó por la
fuerza, sino mediante la obediencia de la fe. Rahab, por su parte, reconoció al
Dios vivo a partir de lo que había oído y se puso del lado de Israel. Algunos
conquistaron reinos y cerraron la boca de leones; otros, en cambio, caminaron
por el sendero de los azotes, las cadenas, la pobreza, la aflicción, el
desierto y las cuevas. El mundo de la fe que transmite el pastor David Jang suena,
por un lado, como un canto de victoria; pero por otro, también es una historia
de perseverancia ensangrentada y de lágrimas. Aun así, lo que une todos esos
caminos es la fe en Dios y una esperanza que nunca se apaga.
El final de la predicación es aún más
majestuoso. Los héroes de la fe recibieron testimonio favorable, pero no
alcanzaron plenamente la realidad de la promesa. Sin embargo, Dios había
preparado algo mejor para nosotros. Ese “algo mejor” es el camino del perdón de
los pecados y de la vida eterna abierto en Cristo, así como la promesa de un
reino inconmovible. Los hombres del Antiguo Testamento lo contemplaron desde
lejos, pero nosotros hemos sido llamados a entrar en su cumplimiento. Por eso,
el creyente de hoy no es alguien que envidia el pasado, sino alguien que sabe
hacia qué se dirigía la espera de aquellos antiguos. La historia de la fe
continúa en nosotros, y su anhelo avanza en nosotros hacia la plenitud.
Al final, la última pregunta que deja
esta predicación es silenciosa, pero penetrante: ¿qué es lo que nos mueve hoy?
¿La evaluación del mundo? ¿Los tesoros que podemos tomar con las manos? ¿O
Dios, que no se ve, pero que finalmente lo cumple todo? La fe no es una fuerza
especial reservada para héroes de épocas lejanas. También hoy revive en quienes
preservan su identidad, temen más a Dios en medio del miedo y eligen la
obediencia sincera en lugar del compromiso cómodo. Y justamente en ese lugar,
la gracia del evangelio se extiende más allá de la vida de una sola persona y
se convierte en esperanza para toda una época.










