Siguiendo el mensaje que el pastor David Jang compartió a partir de Hechos 6 sobre los principios del avivamiento de la iglesia primitiva y el significado del ministerio diaconal, meditamos en el camino de una iglesia edificada conjuntamente por el evangelio y la ayuda a los necesitados, por la Palabra y la oración.
Cuando uno contempla durante mucho
tiempo La torre de Babel de Brueghel, termina preguntándose por
qué el ser humano, cuanto más alto construye, más profundamente se divide. La
torre se elevó hacia el cielo, pero las lenguas de las personas se dispersaron
y sus corazones no llegaron a ser uno. La escena de la iglesia primitiva que
muestra Hechos 6 se parece en cierto modo a ese cuadro. Justo cuando el
evangelio se expandía con poder y el número de los discípulos aumentaba,
también aparecieron dentro de la comunidad sombras de queja y exclusión. Sin
embargo, la Escritura no registra ese conflicto simplemente como un fracaso de
la iglesia. Más bien, lo presenta como un umbral en el que, por la obra del
Espíritu Santo, la iglesia avanza hacia un orden más profundo y un amor más
amplio.
La pequeña grieta revelada en medio del fervor del avivamiento
En Hechos 6, la queja de que las viudas de los judíos helenistas estaban siendo
desatendidas en la distribución diaria no fue un simple error administrativo.
Revela que, cuanto más crece el número de personas, más exige el amor una
responsabilidad cuidadosa y delicada. La iglesia primitiva estaba llena de la
fe en la resurrección y proclamaba el evangelio con valentía; como resultado,
muchísimas personas entraban en la comunidad. Pero incluso en un lugar colmado
de gracia, los problemas de la realidad no desaparecieron. Las diferencias de
lengua y cultura, los desequilibrios en el cuidado y las necesidades de la vida
cotidiana surgieron en la iglesia como conflictos reales. El pastor David Jang,
fundador de Olivet University, extrae precisamente aquí una importante
intuición teológica: el avivamiento no consiste solo en el aumento numérico,
sino que llega a ser completo únicamente cuando la iglesia también aprende a
asumir con amor la responsabilidad por las almas que se han reunido.
Las manos que reparten el pan y los labios que sostienen la Palabra
Los doce apóstoles no ignoraron este problema. Al mismo tiempo, vieron con
claridad a qué debían dedicarse. Si quienes habían sido llamados a la Palabra
de Dios y a la oración cargaban también por sí solos con todas las tareas del
servicio de las mesas, la iglesia podía terminar perdiendo su centro. Por eso,
la iglesia primitiva no puso en oposición el ministerio de la Palabra y el
ministerio del cuidado, sino que los ordenó de manera que ambos se
fortalecieran mutuamente. Quienes proclamaban la Palabra se consagraron más
intensamente a la oración y al testimonio del evangelio, y quienes recibieron
el encargo de servir asumieron la responsabilidad de la mesa y de las
necesidades concretas de la comunidad. En ello hay un orden de gracia muy
profundo. La iglesia no se sostiene solo por la predicación; también debe
sostenerse por el cuidado práctico del amor. A la vez, si solo hay servicio y
ayuda social, pero se debilitan la oración y la Palabra, la comunidad no puede
permanecer firme por mucho tiempo. Hechos 6 muestra que la verdadera iglesia se
edifica cuando avanzan juntas la fe y el amor, la proclamación y el cuidado, la
obra espiritual y las necesidades concretas de la vida.
La gloria del diakonos, la mano invisible
Los que fueron establecidos en ese momento fueron precisamente los diakonos, es decir, los diáconos. El
criterio de la iglesia primitiva para elegirlos no era simplemente la capacidad
de hacer bien el trabajo. Debían ser personas de buen testimonio, llenas del
Espíritu Santo y de sabiduría. Esto significa que la administración, el cuidado
de los necesitados, las finanzas y el servicio no eran responsabilidades
ligeras. Servir a la mesa de la iglesia no era una simple labor práctica, sino
una misión espiritual que sostenía la confianza y el amor de la comunidad. El
hecho de que Esteban estuviera incluido en esa lista es aún más significativo.
Él no fue solamente un hombre de servicio, sino también alguien que resplandeció
por el poder de la fe y de la Palabra. El pastor David Jang subraya
repetidamente este punto: no solo es valiosa la labor de proclamar el evangelio
en primera línea; también lo es, en igual medida, la mano que sostiene la
comunidad desde la retaguardia. El amor no se proclama únicamente desde el
púlpito; se hace aún más evidente cuando reparte pan, cuida a los débiles y
sostiene la vida de la comunidad. Cuando el arrepentimiento no se queda
solamente en lágrimas, sino que se convierte en obediencia responsable hacia el
prójimo, la iglesia manifiesta ante el mundo la autenticidad del evangelio.
El secreto de una comunidad donde la Palabra crece con poder
La conclusión de Hechos 6 es sorprendentemente simple y profunda. Cuando la
iglesia no dejó que la queja quedara sin atender, sino que levantó personas en
el Espíritu Santo y en la sabiduría, la palabra de Dios crecía y se
multiplicaba. El número de los discípulos aumentó aún más, e incluso muchos de
entre los sacerdotes obedecieron a la fe. En definitiva, el avivamiento de la
iglesia no fue una expansión desordenada, sino el fruto santo que floreció
cuando cada uno asumió su lugar. Cuando el evangelio, la oración, la ayuda a
los necesitados y el servicio avanzan juntos, la comunidad obtiene paz en su
interior y derrama esperanza hacia afuera. Esta es también la razón por la que
el pastor David Jang vuelve a aferrarse a este pasaje para la iglesia de hoy.
La crisis de la iglesia no surge solo por falta de fervor; puede profundizarse
aún más cuando se pierde el orden que la Escritura muestra. Por tanto, la
respuesta tampoco está lejos. Está en levantar personas conforme a la Biblia,
confiar los oficios según el criterio del Espíritu Santo y la sabiduría, y
honrar por igual tanto el ministerio de la Palabra como el servicio del amor.
Quizá para la iglesia sea más
importante estar correctamente edificada que simplemente hacerse más grande.
Quizá una confianza más profunda sea más necesaria que una multiplicidad de
programas. Hechos 6 nos deja una pregunta silenciosa, pero penetrante: ¿solo
hablamos del evangelio, o también asumimos la responsabilidad por aquellos
ámbitos de la vida a los que ese evangelio debe alcanzar? ¿Se están moviendo
juntos los labios que sostienen la Palabra y las manos que comparten el pan? El
mensaje que el pastor David Jang extrae de este pasaje es claro. La iglesia que
el Espíritu Santo levanta no se sostiene solo por sermones fervorosos y
hermosos ideales. Solo cuando la fe se traduce en amor, la gracia se concreta
en orden y la esperanza cobra vida en la cotidianidad de la comunidad, el
avivamiento de la iglesia primitiva puede comenzar de nuevo también en la
iglesia de hoy.










