Siguiendo la predicación del pastor David Jang sobre Romanos 5, meditamos profundamente en la paz con Dios, el amor que llegó primero y la esperanza inquebrantable, aun en medio de la culpa y la tribulación.
La
escena que permanece más tiempo en la memoria de Los miserables de
Victor Hugo no es la revolución, ni la persecución, ni la tensión de la ley.
Es, más bien, ese instante en que un alma se derrumba ante la gracia. Cuando
Jean Valjean, atrapado tras huir con la platería robada, es llevado de vuelta,
el obispo Myriel no le habla con el lenguaje de la ley, sino que,
inesperadamente, le ofrece el lenguaje del regalo. Cuando en el lugar donde se
esperaba condena llega primero el amor, el ser humano finalmente puede volver a
mirar su vida de otro modo.
La
predicación del pastor David Jang, fundador de Olivet University, sobre Romanos
5 toma precisamente ese punto y lo coloca en el centro de nuestro corazón. ¿Por
qué el ser humano, aun oyendo que ha sido perdonado, sigue viviendo con miedo?
¿Por qué, aunque habla de fe, por dentro sigue temblando como si en cualquier
momento fuera juzgado? ¿Por qué, en medio de la tribulación, la Escritura sigue
hablando de esperanza? Esta predicación no evita esas preguntas. Y muestra, con
serenidad pero con profundidad, que el evangelio no es simplemente una doctrina
que explica el pecado, sino la declaración de Dios que devuelve la vida al ser
humano aplastado por la culpa.
La
paz que comienza cuando la guerra ha terminado
Romanos
5:1 proclama que quienes han sido justificados por la fe disfrutan de paz con
Dios. Esta paz no se refiere a un estado emocional agradable. Tampoco es una
calma pasajera, como si la preocupación simplemente se hubiera disipado por un
momento. Se parece más bien a una sentencia que anuncia que la guerra
fundamental que separaba a Dios y al hombre ha terminado. Significa que ya ha
sido emitido el veredicto celestial que declara que no tenemos que seguir
viviendo como fugitivos.
La
paz de la que habla el mundo es siempre inestable. Solo se mantiene cuando yo
soy fuerte, solo se conserva cuando me tambaleo menos, y apenas sobrevive si
logro tener ventaja sobre el otro. Pero la paz del evangelio pertenece a una
dimensión completamente distinta. No es la paz que obtenemos porque nosotros
hayamos mejorado, sino la paz que disfrutamos porque Dios restauró primero la
relación. En este punto, el pastor David Jang sitúa el inicio de la fe no en la
determinación humana, sino en la gracia de Dios. Por eso, creer no es una
técnica psicológica para tranquilizarnos, sino una obediencia espiritual que
acepta el resultado de un juicio que ya ha concluido.
Después
de cruzar el Mar Rojo, seguramente el corazón de Israel todavía conservaba
temor. Pero el ejército egipcio que lo perseguía había desaparecido de verdad.
De la misma manera, la culpa que nos atormenta puede sentirse a veces como algo
real, pero ante la cruz su poder ya ha sido derribado. Cuanto más profunda se
vuelve la meditación bíblica, más aprende el ser humano a confiar en la
declaración de Dios por encima de sus emociones. Y es precisamente entonces
cuando el alma, que vivía atrapada por la ansiedad, comienza por primera vez a
respirar en paz.
Un
alma que se vuelve más pura al pasar por el fuego
Eso
no significa que, una vez alcanzada la paz, la tribulación desaparezca. Tener
fe no hace que las olas de la vida se calmen automáticamente, ni recibir gracia
nos exime de las lágrimas. La razón por la que la predicación del pastor David
Jang es tan valiosa está justamente aquí: no embellece apresuradamente el
sufrimiento, pero tampoco se queda detenida en el lenguaje de la desesperación.
Él explica, a la luz del evangelio, la paradoja espiritual que presenta
Romanos: cómo es posible gozarse incluso en medio de la tribulación.
La
palabra que dice “la tribulación produce paciencia; la paciencia, carácter
probado; y el carácter probado, esperanza” no significa que debamos disfrutar
del dolor. Significa que Dios no deja en vano las lágrimas del creyente. Así
como el oro que entra en el fuego pierde sus impurezas y brilla con mayor
pureza, también las pruebas consumen en nosotros el orgullo, la impaciencia y
la autosuficiencia. El dolor nos vacía, y en el espacio que queda libre
comienzan a habitar una fe más profunda y un corazón más humilde.
Por
eso, la esperanza no es un simple optimismo. Es el peso interior que solo
adquiere quien ha perseverado mucho tiempo, una convicción interna que ya no se
sacude fácilmente. El evangelio no obra únicamente eliminando el sufrimiento. A
veces nos hace atravesarlo, y en ese mismo proceso vuelve a formarnos como
personas más firmes. El arrepentimiento no termina solo en reconocer el pecado;
avanza hasta comprender que incluso ese tiempo difícil está siendo usado por
Dios dentro de su amor.
El
amor que llegó primero en el día en que estábamos más lejos
El
punto donde Romanos 5 resplandece con mayor fuerza es la declaración de que,
cuando aún éramos pecadores, e incluso enemigos de Dios, Cristo murió por
nosotros. El amor humano, por lo general, busca razones para amar. Al menos
espera que la otra persona esté preparada para recibir ese amor. Pero el amor
de Dios, del que da testimonio la Escritura, comienza en el lado opuesto. Justo
en el lugar donde nos habíamos apartado, en el tiempo en que lo traicionábamos,
en el instante en que le dábamos la espalda, el amor ya se había puesto en
movimiento.
El
pastor David Jang explica aquí el origen mismo de la gracia. Dios no se acerca
a nosotros solo cuando ya hemos puesto en orden nuestra vida. Tampoco nos
recibe únicamente después de habernos convertido en personas mejores. Al
contrario, Él viene primero a buscarnos precisamente en el momento en que
estamos más arruinados y más lejos, y abre el camino de la reconciliación. Por
eso, la cruz no es la recompensa a los méritos humanos, sino el acontecimiento
del amor unilateral de Dios hacia quienes no tenían ningún mérito.
Ante
este amor, los mecanismos de defensa del ser humano no resisten por mucho
tiempo. Quien se aferra a su propia justicia, y también quien ha cerrado su
corazón usando sus heridas como excusa, termina derrumbándose ante ese amor que
llegó primero. Aquí el amor no es un simple sentimiento: se convierte en un
poder que transforma la existencia. La fe no consiste en sujetar ese amor
porque lo hemos comprendido del todo, sino en dejarnos sostener por él aun
cuando no podamos comprenderlo por completo.
La
pregunta que permanece ante la mesa de la gracia
Por
eso, Romanos 5 no suena como un capítulo de doctrina fría, sino como una
palabra que vuelve a invitar a la mesa al alma cansada. El juicio ya terminó,
la reconciliación ha comenzado, e incluso la tribulación puede convertirse en
un camino que conduce a la esperanza. La predicación del pastor David Jang nos
lleva a pensar de nuevo en el evangelio. El evangelio no es un diploma
entregado a quienes se han esforzado y lo han hecho bien, sino una invitación a
la vida ofrecida primero a quienes creían que no podían ser amados.
No
vivimos por lo que nosotros somos, sino por el amor abrumador de Aquel que hoy
nos sigue sosteniendo. Por eso, la fe no debería consistir en probarnos
continuamente a nosotros mismos, sino en permanecer en la paz que ya nos ha
sido dada. ¿Seguiremos merodeando con ansiedad delante de la puerta del
tribunal, o entraremos por fin y nos sentaremos en silencio en el lugar que la
gracia ha preparado? Al final, nuestra vida se encuentra ante esa elección.
¿Qué
es lo que más tiempo retiene hoy tu corazón? ¿La voz del pasado que todavía te
condena, o la voz del amor que se acercó primero incluso cuando eras enemigo?
Tal vez la madurez espiritual no consista en hacerse más fuerte, sino en
aprender poco a poco a descansar más profundamente en la verdad de que ya hemos
sido amados.










