A través de los sermones del pastor David Jang, meditamos en el camino del evangelio que Romanos 12 nos presenta: humildad, amor, reconciliación, fe y la victoria sobre el mal por medio del bien.
En Los
miserables de Víctor Hugo aparece una noche extraña que cambia el
destino de una persona. Jean Valjean, endurecido por el hambre, la ira y los
recuerdos de la prisión, roba los cubiertos de plata de la casa del obispo. Sin
embargo, cuando es llevado de vuelta tras ser capturado, no recibe castigo,
sino una bondad inesperada. El obispo incluso le entrega como regalo aquello
que había robado, recordándole en silencio que su alma pertenece a Dios.
Esa
escena nos hace recordar la paradoja del evangelio que anuncia Romanos 12: no
vencer el mal con un mal mayor, sino vencerlo con el bien; no dominar el odio
por la fuerza, sino sacudir sus raíces mediante el amor. El sermón del pastor
David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, plantea
precisamente esta pregunta ante la Palabra: ¿hacia dónde debe descender la vida
del cristiano? La fe no es la capacidad de juzgar a otros desde un lugar
elevado, sino el camino de obediencia que, desde un lugar humilde, comparte el
dolor y la alegría de los demás.
El
verdadero conocimiento comienza en el lugar bajo
“Vivan
en armonía los unos con los otros. No sean altivos, sino pónganse al nivel de
los humildes.” Esta palabra no habla simplemente de una personalidad amable o
dócil. Es una profunda invitación de fe a recibirnos unos a otros como hermanos
y hermanas dentro de la comunidad de la iglesia, descendiendo hasta la
situación del otro para comprender su corazón.
El
sermón afirma que el amor y el conocimiento no están separados. Conocer a
alguien no significa poseer mucha información sobre esa persona. Significa
acercarse con un corazón dispuesto a no ignorar su dolor y a llevar junto con
ella su circunstancia. La verdadera comprensión no nace cuando miramos desde
arriba. Más bien, cuando miramos sosteniendo desde abajo, comenzamos a ver el
peso real de una persona.
Por
eso, la humildad no es un adorno del cristiano, sino la raíz de una vida
evangélica. Sin humildad, el amor se convierte fácilmente en palabras vacías, y
la comprensión queda atrapada en una interpretación centrada en uno mismo. Para
que la iglesia sea una comunidad de amor, debe preguntarse primero no quién
tiene más razón, sino quién está dispuesto a humillarse más para cuidar al
hermano.
La
sabiduría se demuestra por medio del amor
Pablo
exhorta: “No se crean los únicos que saben.” Esta palabra no niega el
conocimiento, sino que advierte contra la arrogancia de un conocimiento sin
amor. La verdadera visión teológica no nace de una lógica que vence a las
personas, sino de una fe que se humilla delante de Dios.
Así
también es la sabiduría de Proverbios. Hay momentos en que no se debe responder
al necio, y hay momentos en que sí se le debe responder. En la superficie puede
parecer una contradicción, pero en su interior hay discernimiento basado en el
amor. Hay silencios que salvan a una persona, y hay exhortaciones que la
despiertan. Lo importante no es cuán agudas fueron mis palabras, sino si esas
palabras —o ese silencio— están produciendo el bien.
El
pastor David Jang muestra esta sabiduría de manera práctica a través de la
carta a Filemón. Pablo no presiona a Filemón con su autoridad. Le ruega con
ternura que reciba a Onésimo como hermano. No busca la restauración de la
relación mediante una orden, sino mediante una exhortación nacida del amor.
Esta es la sabiduría que crece dentro del evangelio: no someter a las personas
por la fuerza, sino abrir la puerta del corazón por medio de la humildad.
Cuando
se detiene la venganza, se revela la fe
Romanos
12 nos llama a un lugar aún más difícil: “No paguen a nadie mal por mal.
Procuren hacer lo bueno delante de todos.” Aquí, el bien no es una bondad vaga
o indefinida. Es un acto de fe mediante el cual, cuando el corazón herido
quiere inclinarse nuevamente hacia los caminos del mal, elegimos
conscientemente la voluntad de Dios.
Cuando
una persona sufre una injusticia, fácilmente intenta ocupar el lugar de juez.
Pero el sermón recuerda con claridad que la venganza pertenece a Dios. Esta es
la razón por la que David, aun teniendo la oportunidad de matar a Saúl, retiró
su espada. Él no disfrazó su ira con el nombre de justicia. Dejó el lugar del
juicio en manos de Dios.
Esto
no es debilidad. Al contrario, es la fuerza más profunda de la fe. En el
momento en que intento vengarme por mi propia mano, soy arrastrado al mal del
otro. Pero cuando encomiendo todo a Dios y elijo el bien, el círculo del odio
comienza a romperse. Entonces la gracia se convierte en libertad dentro de
nosotros: la libertad de no derrumbarnos aunque no nos venguemos, y la libertad
de creer que escoger el bien no termina necesariamente en pérdida.
El
camino de la cruz que vence el mal con el bien
“Si
tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber.” Esta
palabra parece imposible solo con la naturaleza humana. Sin embargo, el
evangelio muestra precisamente en ese lugar imposible la posibilidad de Dios.
El amor no es solo la calidez de una emoción; es una obediencia voluntaria que
se entrega a la Palabra de Dios.
La
cruz de Jesús es el cumplimiento de esta palabra. El Señor no devolvió odio por
odio, sino que se entregó a sí mismo por los pecadores. Por eso, el amor
cristiano no es simplemente ética o moral. Es vida que fluye de la cruz y poder
del Espíritu Santo que impide que seamos contaminados por los métodos del mal.
La
pregunta que el sermón del pastor David Jang nos deja hoy es clara: ¿estoy
descendiendo para comprender a alguien, o estoy de pie en un lugar alto para
juzgarlo? ¿La ira que hay en mí está siendo entregada a la justicia de Dios, o
estoy preparando una venganza bajo el nombre de justicia?
La
meditación bíblica comienza en silencio, frente al escritorio, pero finalmente
se verifica delante de las relaciones más incómodas. Ante una persona difícil
de amar, ante un recuerdo difícil de perdonar, ante una herida que no queremos
volver a enfrentar, la Palabra nos pregunta: ¿dónde pondremos en práctica hoy
el llamado a no ser vencidos por el mal, sino a vencer el mal con el bien?
El
mundo dice que la fuerza produce paz. Pero la cruz muestra una esperanza más
profunda. La humildad salva a las personas, el amor avergüenza al mal, y la fe
que encomienda todo a Dios nos libera de la prisión del odio. Tal vez el
pequeño acto de bien que hoy ofrecemos a alguien sea la primera luz que abra
una puerta de reconciliación cerrada durante mucho tiempo.










