Siguiendo el sermón del pastor David Jang, meditamos sobre el perdón dentro del Padre Nuestro. El texto ilumina con serenidad la gracia y el arrepentimiento situados después del pan de cada día, así como el camino del amor que va más allá de la ley. También invita a revisar de nuevo la dirección de una fe que deja fluir hacia el prójimo el perdón recibido y las relaciones de hoy.
En Los miserables de Víctor Hugo, lo que vuelve a
levantar a un pecador no es una sentencia fría, sino una mirada de gracia que
detiene la mano de la condena. La imagen de Jean Valjean alejándose por la
noche con los candelabros de plata muestra que el perdón no es una indulgencia
barata que simplemente borra el pecado, sino una fuerza capaz de hacer que una
persona vuelva a ponerse en camino. El sermón del pastor David Jang, fundador
de Olivet University en Estados Unidos, se sitúa precisamente en ese punto al
aferrarse a una frase del Padre Nuestro: “como también nosotros perdonamos a
nuestros deudores”. La oración no es una fórmula para obtener lo que
necesitamos, sino un camino de fe en el que aprendemos el corazón de Dios y
dejamos caer las piedras de nuestras manos.
Este sermón no aborda el perdón solo
como un asunto emocional. A través del orden del Padre Nuestro, ilumina con
calma qué debemos buscar primero, quién es Dios y cómo la gracia recibida debe
fluir hacia el prójimo. Por eso, la meditación sobre el perdón no se convierte
en una simple técnica para mejorar las relaciones humanas, sino en una puerta
que conduce al centro del evangelio.
El Padre Nuestro: una meditación bíblica que fluye del pan al
perdón
El Padre Nuestro no niega las
necesidades humanas. Jesús enseña primero a pedir que el nombre de Dios sea
santificado y que venga su reino, y luego nos lleva a pedir el pan de cada día.
El problema del sustento no es un asunto menor, situado fuera de la fe, sino
una realidad concreta de la vida que debe ser confiada al Dios bueno. La base
de la oración está en confiar en el corazón del Padre, que no da una piedra al
hijo que pide pan ni una serpiente al que pide pescado.
Sin embargo, el flujo de la Palabra no
se detiene en el pan. Los labios que piden el alimento diario pasan enseguida
al lugar donde se pide perdón. El pastor David Jang lee este orden como algo
importante. Si Dios alimenta la vida de hoy, esa vida no puede ser usada para
prolongar el odio y la venganza. El pan recibido nos hace recordar la gracia
recibida, y esa gracia debe fluir como amor que libera a alguien.
Además, el flujo de la Palabra no
presenta a Dios solamente como quien responde a nuestras peticiones. Dios es el
Padre que conoce nuestras necesidades, pero también las coloca dentro de un
propósito más grande. Por eso, la oración por el pan de cada día conduce a otra
pregunta: qué clase de persona llegaremos a ser con ese pan recibido.
La oración es tan profunda porque somos
seres débiles que no sabemos pedir como conviene. Como enseña Romanos 8, sin la
ayuda del Espíritu Santo la oración humana puede convertirse fácilmente en una
lista de deseos. Por eso, el Padre Nuestro es más que una oración memorizada;
es una escuela del evangelio que enseña el orden de la oración. Es el lugar
donde aprendemos qué debemos buscar primero y qué debemos dejar atrás.
El sermón también habla de los dones de
lenguas e interpretación, pero al mismo tiempo subraya la importancia de orar
con una mente que comprende. Como dice 1 Corintios 14:19, cinco palabras dichas
con entendimiento pueden edificar más que muchas palabras incomprensibles. El
Padre Nuestro contiene precisamente esa profundidad de cinco palabras
comprendidas. En frases breves se encuentran el orden de la gloria de Dios, su
reino, el pan, el perdón de los pecados y el perdón hacia los demás.
Ante la mano que sostiene la piedra, la gracia toma la palabra
En Juan 8, ante la mujer sorprendida en
adulterio, las personas levantaron piedras en nombre de la ley. Su pregunta
parecía tratar sobre el destino de la mujer, pero en realidad también era una
prueba contra Jesús. Jesús no dictó sentencia de inmediato. Escribió en tierra
y luego dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la
piedra”. Ante esa sola frase, las personas no vieron únicamente el pecado de la
mujer, sino también el pecado que había dentro de ellas mismas.
En esta escena, perdonar no significa
tomar el pecado a la ligera. Jesús dijo: “Ni yo te condeno”, pero después
añadió: “Vete, y no peques más”. La dejó ir del lugar de la condena, pero no la
envió de regreso al lugar del pecado. La gracia no borra el arrepentimiento;
más bien, vuelve a levantar a la persona para que el arrepentimiento sea
posible.
El perdón del que habla este sermón
consiste en soltar y dejar ir. Es salir del corazón que mantiene atada a otra
persona solo porque uno está convencido de tener la razón. Es recordar delante
de Dios que yo también soy un pecador perdonado. La ley revela el pecado, pero
Jesús conduce a la persona hacia el destino más profundo al que apuntaba la
ley. El evangelio no se manifiesta en una mano que arroja la piedra con mayor
precisión, sino en una mano que deja caer la piedra y salva al pecador.
En este punto, el amor no es una
permisividad irresponsable. Jesús salvó a la mujer, pero no le dijo que
siguiera viviendo aferrada al pecado. El perdón llega a ser verdadera gracia
porque no convierte el pasado del pecador en su sentencia final, y al mismo
tiempo lo llama a un nuevo camino de obediencia. Cuando el arrepentimiento y la
restauración permanecen juntos, el perdón adquiere el rostro del evangelio.
Más allá de la balanza de la ley, hacia la gracia del amor
La ley cumple la función de frenar la
violencia desordenada y revelar el pecado como pecado. El principio de “ojo por
ojo y diente por diente” era un instrumento para establecer proporción y orden
en un mundo donde la ira podía crecer sin límites. Pero Jesús va un paso más
allá. Cuando enseña a volver la otra mejilla al recibir una bofetada, o a
caminar dos millas con quien obliga a caminar una, abre un mundo de gracia que
supera el equilibrio de la represalia.
El pastor David Jang explica este
movimiento desde la perspectiva de la era sin ley, la era de la ley y la era de
la gracia. Caín escuchó la advertencia de dominar su ira, pero, atrapado por la
envidia y el enojo, mató a Abel. Así como Adán y Eva se culparon mutuamente
después del pecado, el ser humano ha intentado desde antiguo evitar la
responsabilidad y devolver las heridas recibidas. La ley revela esa oscuridad,
pero la gracia llama a la persona a salir de ella.
La parábola del siervo al que se le
perdonaron diez mil talentos, en Mateo 18, ilumina esta verdad con gran fuerza.
Cuando una persona a la que se le perdonó una deuda imposible de pagar toma del
cuello a un compañero que le debe una cantidad pequeña y se niega a soltarlo,
su problema no es una falta de cálculo, sino un corazón que ha olvidado la
gracia. Si alguien que primero ha sido perdonado delante de Dios repite sin fin
la condena hacia los demás, puede estar recitando las palabras del Padre Nuestro,
pero todavía no ha entrado en su corazón.
La parábola de los obreros de la viña,
en Mateo 20, deja una pregunta semejante. El corazón del dueño, que muestra
bondad incluso hacia quienes llegaron tarde, puede resultar incómodo para los
cálculos humanos. Pero esa incomodidad no surge porque Dios sea injusto, sino
porque nosotros miramos la gracia solo con la balanza de lo que creemos
merecer. El amor no comienza calculando quién tiene derecho a recibirlo, sino
en la bondad de Dios.
En este punto, el sermón no oculta la
dificultad de amar al enemigo. No dice que la persona herida deba fingir que
nada ocurrió, sino que invita a no convertir el derecho a la venganza en la
palabra definitiva. Cuando recordamos la magnitud del perdón que hemos
recibido, empezamos a ver cuán contradictorio es encerrar el alma de alguien
aferrándonos a su pequeña deuda. El perdón no se practica porque primero se
hayan calmado las emociones, sino porque la fe que conoce la gracia da el
primer paso en obediencia.
La fe perdonada pregunta por la esperanza de hoy
Este sermón no reduce el perdón a una
simple virtud personal. Si en el corazón humano permanecen el orgullo, la
envidia, la ira y el odio, ningún avance tecnológico podrá crear una paz
verdadera. Por más rápido que avance el mundo, si el corazón no es renovado,
seguiremos dando vueltas dentro del camino de Caín y las excusas de Adán. Por
eso, antes de transformar el mundo exterior, el evangelio transforma primero el
tribunal que llevamos dentro.
Dios no es un ser encerrado en las
dimensiones de arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y detrás, sino el
Absoluto que lo ve todo; y, al mismo tiempo, es presentado como Aquel que es
amor. Conocerlo significa no convertir mi dolor ni mi juicio en el criterio
final. Cuando ponemos la bondad de Dios en el centro, aprendemos un camino en
el que no abandonamos sin más a quien nos ha dañado, pero tampoco lo encerramos
en una condena eterna.
La exhortación de Romanos 14, donde se
llama a los fuertes y a los débiles a no despreciarse mutuamente, también se
relaciona con este punto. Incluso cuando hablamos de diferencias en la fe,
debemos recordar al mismo tiempo la gracia soberana de Dios y la respuesta fiel
del ser humano. Como ocurre en la parábola del hijo pródigo, la bondad del
Padre siempre es más amplia de lo que el ser humano espera. El corazón que no
conoce esa amplitud puede recibir gracia y, aun así, quejarse ante la gracia
concedida a otra persona.
La fe de hoy consiste en volver a leer
esta frase dentro de las relaciones reales. En el lugar donde aún queda
resentimiento, donde el juicio se endurece rápidamente, donde queremos terminar
con alguien según nuestro propio criterio, el Padre Nuestro abre en silencio
otro camino. Ese camino no es la resignación del débil, sino la libertad
elegida por quien primero ha sido amado.
Por tanto, el Padre Nuestro es una
breve oración que se repite cada día, pero también una dirección de vida que
debe elegirse de nuevo cada día. Buscar el nombre y el reino de Dios, recibir
el pan cotidiano y, con esa fuerza, perdonar a alguien: esa es la vida que esta
oración enseña. Quien ha sido perdonado no puede permanecer mucho tiempo en el
tribunal de la condena; aprende el aliento del reino de Dios en el camino de la
reconciliación. ¿A quién mantiene atada nuestra oración de hoy, y a quién debemos
soltar dentro del amor de Dios?
El Dr. David Jang ha llevado el
evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del
ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado
muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión
misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica
para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una
educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000
se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y
Seúl.
A medida que la escuela crecía, el Dr.
Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de
la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas
educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el
periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad
académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se
trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando
aún más sus bases como universidad.
En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de
rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra
misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente
internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación
institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela
de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para
la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de
cooperación internacional.
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org
Video del sermón de David Jang:










